PRÁCTICA DE LA HUMILDAD
1. Para lograr ser humildes pediremos cotidianamente el conocimiento y desprecio de nosotros mismos.
No exageraremos nuestras cualidades, talentos y virtudes, mientras permanecemos ciegos respecto a los defectos, faltas y deficiencias propias.
Hay ciertamente algún bien, algo laudable en nosotros; cuando lo advirtamos u otros nos lo hagan observar, dirijamos todo inmediatamente al Señor autor de todo bien y a María Mediadora de todas las gracias.
“¿Qué tenéis que no halláis recibido? ¿Y si lo habéis recibido por qué os enorgullecéis como si no lo hubieseis recibido?” (1 Cor. 4, 7)
No debemos negar nuestra estima al prójimo ni depreciarlo; no hay nada que nos cierre más el corazón de Dios. Debemos ser buenos y misericordiosos en nuestros juicios y comportamientos con los demás. Sepamos reconocer sus cualidades y excusar sus defectos. Debemos considerarnos como los últimos de todos, porque podemos admitir que si otros hubiesen recibido las gracias que nosotros hemos recibido, probablemente habrían hecho un mejor uso de ellas.
2. Jamás haremos algo con el fin consciente de ser vistos, aplaudidos o admirados de los hombres y menos en el ejercicio de la virtud o del apostolado. No provoquemos nunca siquiera indirectamente la alabanza o aprobación de los demás.
3. No querer ocupar el primer puesto... al contrario procuremos desaparecer, callar, dejar que hablen los demás, para así elegir siempre el último lugar, lo menor, lo más duro, lo peor, siguiendo el precepto de Jesús.
Hay una excepción merced a la cual la caridad debe ser más fuerte que la humildad y es que debemos sobreponernos a nuestra modestia, a nuestra timidez, al temor a la responsabilidad cuando se trata del apostolado; no retirarnos bajo el pretexto de incapacidad y con la secreta esperanza que nos insistan, víctimas de la vanidad.
4. Si se nos dirigen elogios injustos, no nos dejemos marear por este incienso inmerecido; recordemos que la gente del mundo maneja habitualmente el incensario del elogio movidos por aquello de “dar para recibir”.
Pero si el elogio es merecido demos gracias por las palabras de aliento, cambiemos pronto la página, no resaltemos la dificultad que superamos e interiormente dirijámonos a la Virgen: “Gracias mi buena Madre, este cumplimiento, esta florecita es para Vos, porque si tuve éxito fue por vuestra ayuda maternal”.
5. Ante las humillaciones permanezcamos tranquilos, aceptemos cristianamente esa humillación sin demostrar contrariedad, por el reinado de María. Ella triunfará en el mundo a medida que nos eclipsemos haciendo el bien.
Esto es para su conocimiento personal! leanlo chicos
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