LECCIÓN 6: PODEROSAS ARMAS PARA COMBATIR AL MUNDO
a. La huida de las ocasiones de pecar.
En el mundo las hay abundantísimas. Sobre todo, el alma que aspire a santificarse debe renunciar de buen grado a los espectáculos, en la mayor parte de los cuales el mundo inyecta su veneno, siembra sus errores y excita las pasiones bajas.
En ninguna otra parte como aquí tiene aplicación el oráculo del Espíritu Santo “El que ame el peligro, en él perecerá” (Eclo 3, 26).
Es aleccionador, entre muchos, el caso de Alipio – el santo y entrañable amigo de San Agustín – que, arrastrado por sus amigos, asistió a un espectáculo peligroso con la intención de demostrarles que tenía sobrada fuerza de voluntad para permanecer todo el tiempo con los ojos cerrados para no contemplar el vergonzoso torneo y acabó abriéndolos más que nadie y aplaudiendo y gritando como ninguno.
Aparte de esta razón, existe todavía la necesidad de mortificarse plenamente para alcanzar la perfecta unión con Dios. No es demasiada renuncia privarse para siempre de la mayor parte de los espectáculos y diversiones. En realidad a nada renuncia quien deja todas estas cosas por amor a Dios, pues... ¿Qué son todas las cosas terrenales en comparación de la vida eterna?
b. Avivar la fe
Animar la fe que nos da la victoria contra el mundo. “Todo lo que ha nacido de Dios vence al mundo, y la victoria en que el mundo ha sido vencido es nuestra fe” (1 Jn 5, 4).
Guiados por ella (la fe) hemos de oponer a las falsas apariencias del mundo la firme adhesión del espíritu a las cosas divinas invisibles; a sus máximas perversas, las palabras de Jesucristo; a sus halagos y seducciones, las promesas eternas; a sus placeres y diversiones, la paz de nuestra alma y la serenidad de una buena conciencia; a sus burlas y persecuciones, la firmeza de los hijos de Dios; a sus escándalos y malos ejemplos, la conducta de los santos y la afirmación constante de una vida irreprochable ante Dios y ante los hombres.
c. Considerar la vanidad del mundo.
El mundo pasa velozmente “Piensen que todo lo presente pasa” (1 Cor 7, 31) y con él pasan sus placeres y concupiscencias: “El mundo y sus concupiscencias pasan” (1 Jn 2, 17a).
Nada hay estable bajo el cielo, todo se mueve y agita como el mar azotado por la tempestad. El mundo cambia continuamente sus juicios, sus afirmaciones, sus gustos y caprichos; reniega a veces de lo que antes había aplaudido con frenesí, yendo de un extremo a otro sin el menor escrúpulo o pudor, permaneciendo constante únicamente en la facilidad de la mentira y la obstinación en el mal.
Todo pasa y se desvanece como el humo. Únicamente “Dios no se muda”, como decía Santa Teresa. Y juntamente con Él permanece para siempre su Verdad: “La palabra del Señor permanece eternamente” (1 Pe 1, 25); permanece también su justicia: “Su justicia perdura para siempre” (Sal 110, 3); y asimismo permanece el que cumple su divina voluntad: “el que cumple la voluntad de Dios, permanece para siempre” (1 Jn 2, 17b).
d. Pisotear el respeto humano. La atención al “qué dirán” es una de las actitudes más viles e indignas de un cristiano y una de las más injuriosas contra Dios. Para no “disgustar” a cuatro gusanillos indecentes que viven en pecado mortal, se viola la ley de Dios y se siente rubor de mostrarse discípulo de Cristo. El divino maestro nos advierte claramente en el evangelio que negará delante de su Padre Celestial a todo aquel que le hubiere negado delante de los hombres (Mt 10, 33). Es preciso tomar una actitud franca y decidida, ante Él; “el que no está conmigo, está contra mí” (Mt 12, 30). Y San Pablo afirma de sí mismo que no será discípulo de Jesucristo si buscase agradar a los hombres (Gál 1, 10). El cristiano que quiera santificarse ha de prescindir en absoluto de lo que el mundo pueda decir o pensar. Aunque le chille el mundo entero y le llene de burlas y menosprecios, ha de seguir adelante con inquebrantable energía y decisión. Es mejor adoptar desde el primer momento una actitud del todo clara e inequívoca para que a nadie le quepa la menor duda sobre nuestros verdaderos propósitos e intenciones. El mundo nos odiará y perseguirá, nos lo advirtió el divino maestro (Jn 15, 18-20), pero si encuentra en nosotros una actitud decidida e inquebrantable, acabará dejándonos en paz, dando por perdida la partida. Sólo contra los cobardes que vacilan vuelve una y otra vez a la carga para arrastrarlos nuevamente a sus filas. El mejor medio de vencer al mundo es no ceder un solo paso, afirmando con fuerza nuestra personalidad en una actitud decidida, clara e inquebrantable de renunciar para siempre a sus máximas y vanidades. (Teología de la Perfección Cristiana por el P. Royo Marín O.P).
Otro tema de examen!!
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